
Acaricia de nuevo mis cabellos como en aquella tarde en donde un soplo de brisa estival invadió nuestros corazones y nos llevo a amarnos.
En el bosque de arboles verde jade en donde tomaste mis manos y las llevaste a tu rostro, -mágico encanto y picara complicidad-, hoy me transporto con las lagrimas negras que expulsan este corazón que convertiste en el pandemónium de tu ausencia.
Extraño tus latidos, tu voz, tu calma, tu acento, tu risa, tu mirada, oh bendita mirada color ébano, que me sumergía en el caos del vacío de tu alma que encontraba refugio en mis brazos, y tus besos, dulces besos ambrosia de los dioses que alimentaban mi apetito de ti, de tus labios, aún recuerdo devorarlos con desaforada hambre en cada entrega, en cada encuentro.
Extraño tu sudor que como menta fresca se posaba en mi respiración refrescando el sofoco de mi monotonía…
Por eso mi amado, vuelve a acariciar mis cabellos y a besar mis labios, sucumbe ante mi deseo, mengua tu llanto en mi abrazo, vuelve a refugiarte en mi espíritu y a beber mi cuerpo, este vino suculento consolará tu pena en las noches enfermas de pasión y amor, contempla cada curva que se muestra ante tu mirar, recórrela como el camino hacia tu felicidad, saborea mi carnalidad como en los días en donde nos tomábamos desesperadamente frente al sol, y contémplame de nuevo bajo la luz de nuestra luna, nuestra cómplice en romances y alegatos…
Tu palpitar aún se eleva en unísono junto al mío, nuestras almas se encontrarán de nuevo, en el cielo próximo de nuestra historia truncada, hasta entonces vuelve en el sueño de tus noches a tomarme entre tus brazos y llenarme de calma.
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